Cada producto representa una pieza maestra que revela la pasion y pericia de los maestros artesanos de Montblanc, los cuales otorgan a cada producto además de su belleza funcional, algo muy especial – un alma.
El símbolo de esta singularidad es la estrella blanca de Montblanc. En referencia a la cumbre de la montaña más alta de Europa, la estrella blanca representa las elevadas exigencias de la marca, pero al mismo tiempo un estilo de vida y una cultura excepcionales, encarnando valores eternos en un mundo en permanente cambio. Valores como la continuidad, la tradición, la intemporalidad. Saber tomarse tiempo para lo que cuenta de verdad: pensamientos y sentimientos, belleza y cultura. Tiempo para si mismo y para los demás – y para los momentos realmente importantes de la vida”
Como no recuerdo cuándo exactamente me empezaron a gustar los lápices, digo me han gustado desde que tengo uso de razón. Me gusta sentirme dueña de mis lápices así como de mis palabras – las escritas y las dictadas.
A pesar de lo práctico que es escribir en un documento Word, como lo estoy haciendo en este momento, soy de las que aún envía cartas de puño y letra. Disfruto enormemente escribiendo... el movimiento de la mano, el ruido del boligrafo sobre el papel, sobre todo de ese echo a mano...
Siempre llevo varios lápices conmigo y también siempre ando echándole el ojo a las vitrinas por si veo alguno novedoso para adquirir... En los bancos u otras oficinas siempre pido que me regalen algunos ejemplares a pesar de lo poco que me gustan los logotipos y los que encuentro en las habitaciones de los hoteles en que hospedo los pongo en mi cartera sin preguntárle nada a nadie y argumentando para mi misma que estan allí para que los huéspedes nos los llevemos para propagar la existencia de tal.
¡Deberían pagarnos por portarlos!

Fue durante una de nuestras muchas sesiones de chat despues del primer encuentro “IRL” en octubre de 2005, que le hablé de mi afición por los lápices. La respuesta no se hizo esperar: “Tengo varios Montblanc”, dijo y se explayó en el más preciado de todos; el que había sido de Mani - su padre - y cuyo cuidado había confiado a su amiga “Bea”, como él la llamaba a veces. Me imagino que se llama Beata como Beata Söderberg, también ella concertista - aunque de chelo.
“Si quieres te regalaré un Montblanc en homenaje a tu calidad de escritora”... agregó.
El 7 de diciembre de 2005 me entregó solemnemente mi primer bolígrafo Montblanc, el editado en homenaje a W.A. Mozart, en su casa de ambiente único ubicada en El Manzano, donde se tuvo que mudar repentinamente por causa de un bochornoso desalojo.
Al presentarme su nueva morada me comentó que la dueña, una actriz en retiro, la describía como un decorado escénico por su calidad de temporalidad. La construcción - de aspecto magnífico - es el resultado de los juegos o mejor dicho, de los vicios de un caprichoso arquitecto que no supo poner su alma en el bosquejo de la casa que se alza en medio de un bosque de alm...endros.
Sentí una gran alegría cuando toqué el bolígrafo por primera vez mientras él me explicaba que la estrella blanca era señal de que el lápiz es un auténtico Montblanc y que cada ejemplar tiene un número único de registro grabado en el clip...
Yo decidí darle un muy buen uso escribiendo honestamente.
* “Escribir es una exteriorización de la individualidad. La propia caligrafía registra nuestros pensamientos, a través de los cuales ejercemos influencia, cosechamos éxitos y expresamos sentimientos...”
Tres días más tarde viajamos a Valdivia donde el elector cumpliría con su deber ciudadano. Durante el viaje e inspirado por el momento político que se vivía en esos instantes se dedicó a despotricar contra Gladys Marín y a darme a conocer una vez más sus sueños y convencimiento de que llegará a ser presidente de Chile. Para entonces, mi lápiz quedó en su caja original dentro de mi bolso de viaje en el segundo piso del escenario en que se representaría una de las escenas de la vida real más grotescas y sin sentido que me ha tocado vivir.
*
Un mes y medio antes – creo que fue el 18 de octubre – habíamos dejamos su arruinada morada cordillerana en Melocotón, temprano por la mañana. A la altura de El Manzano hicimos un pequeño desvio donde el chanta trató de ubicar la que sería su próxima casa. Se que me hablaba de ella y hacía planes en voz alta, pero yo ya no estaba allí...
Pasamos a un supermercado, seguramente un Jumbo, donde se molestó enormemente porque no le permití pagar los vinos que me quise llevar para regalar a algunas personas queridas. Al llegar al aeropuerto la molesta era yo por lo que me despedí de mala gana en la vereda de la entrada principal con una rotunda negativa a su oferta de volver, para despedirnos “como Dios manda”, después de estacionar la camioneta.
Al entrar al aeropuerto busqué un papelero y tiré los restos de un collar de perlas de vivos colores que poco antes me había ayudado a matizar la imagen que tenía de él.
Los engorrosos trámites de embarcación lograron distraérme pudiendo así yo recuperar mi paz interior. Una vez en mi asiento y durante las casi 24 horas que duró el viaje, pasé revista a los dos meses que había estado en Chile; el país en que nací, el país del cual me alejé hace mucho y al cual intento acercarme con mis cinco sentidos.
Despues de algunos caóticos días me di tiempo de revisar mi correo y encontré algunos mails y mensajes instantáneos que atestiguaban preocupación por mi y dolor por lo que él llamaba mi abandono. Uno de los mensajes me hablaba de “un gran regalo que no hubo tiempo de entregar ya que no hubo despedida”. En otro me reiteraba su firme deseo de serme fiel a pesar del mal trato que yo le daba y otro que recuerdo claramente era una queja por haberlo utilizado como “vulgar medio de transporte en circuntancias de que hubiese sido más honesto de mi parte haber tomado un taxi hasta el aeropuerto”.
Debo reconocer que en ocaciones como la recién descrita dudaba a veces de mi capacidad de discernir... Honestidad, moral, decencia, son términos muy recurridos en su vocabulario, pero a mi me parecía que estaban ausentes en su actuar.
También me comentaba de su cansancio a raíz del cambio de casa. “Me ayudó un camionero con el que me topé en el camino de vuelta del aeropuerto”...
Mi respuesta fue un mail donde le aseguraba que yo lamentaba haberlo hecho sentirse como un vulgar taxista, pero que sinceramente a mi me afligía más el hecho que él me hiciera regalos de dudoso origen y que - entre otras cosas - comentara a su amante ibicenca como una “pobre mujercita que mendiga afecto”.
Naturalmente que él negaba que fuera su amante...
Fue en Barcelona, el día que llegamos de Ibiza y sentados La Ramla que juró “por la Olga”, su madre, que él sentía que yo era su mujer, que ya no habrían otras en su vida, que nunca había amado tanto como me amaba a mi y mirándome profundamente a los ojos dijo: "Jamás te haré una "mariconada". Esa fue la primera vez que me hicieron una promesa de ese tipo. Nunca - ninguno de mis maridos, amantes o amigos me prometieron no hacerme "mariconadas". Tampoco - antes de conocerlo a él - nadie me las había hecho.
Yo lo observaba observándome y por primera vez en mi vida sentí temor de que alguna de mis parejas anteriores me estuviera observando al más puro estilo "Doña flor y sus dos maridos".
Siguió orando y al cabo de un rato lo vi - por vez, pero no última vez - simular arcadas. “Me da un asco horrible recordar a algunas mujeres de mi vida” me dijo cuando europeamente malagradecida y maleducada como soy, no supe apreciar su cacareo y le pregunté a que se debía “tanto teatro”.
Miré hacia el mercado y vi como unos hombres – entre las sombras barcelonesas – tiraban de unos carrosjaulas llenos de gallinas que serían sacrificadas a la mañana siguiente. En el silencio de la noche me pareció oir su resignación...
*
A primera vista no faltaba nada, pero una sentí un agudo dolor en la boca del estómago - angustia le llaman algunos - cuando entendí que la puerta abierta del balcón en el segundo piso acusaba que alguién había estado allí.
Me quise duchar.
Los trabajadores no tan sólo habían olvidado dejar la llave sino que también habían fracasado una vez más en su intento de instalar un estanque de agua lo que implicaba que el hilo de agua que corría por el caño no bastaba para hacer funcionar el calentador de agua. A mi no me importó mucho ya que a esas alturas me estaba acostumbrando a las "duchas de agua fria"...
Mientras lo hacía él abrió mi bolso de viaje de donde sacó la caja del bolígrafo que “naturalmente” estaba vacía.
Con las manos en los bolsillos, esa clásica postura de él que aprendí a interpretar a pesar de mi resistencia, se paseaba por el cuarto mientras elucubraba en voz alta... “¿Habrán sido los trabajadores? la empresa de él - refiriéndose a un gordito con cara de ineficiente que hacía las veces de jefe de obra - acaba de quebrar así que debe andar escaso de dinero. ¿O habrá sido la pareja de jóvenes que vive en la casa vecina? Ellos son hippies.... no sería nada de raro. O el hijo de la señora que vivía acá antes... Ella se fue sin pagar el arriendo... Estas segura que no lo llevaste, que no lo tienes en tu cartera?”
"¡Puta que increible!" repetía sin cesar de la misma manera lo hizo la noche en que Bea, trizada por la traición del chanta lo puso de patitas en la calle.
Esa noche me dormí pensando en lo que significa la palabra dignidad.
Hice un gran esfuerzo para tragármela ...
Mientras él trataba de convencerse de sus propias palabras yo me imaginaba al ladrón de pié en ese cuarto mirando el lápiz, tan embelesado como embelesada quedé yo al recibirlo, y que el gran susto que debe haber sentido al oirnos llegar la noche anterior lo llevó a actuar tan irracionalmente como fue haber metido al bolso la caja vacía y haber “escondido” el bolígrafo debajo de la cama antes de salir volando por la puerta del balcón...
Fue el “camionero” que lo ayudó a mudarse el que meses después me contó que en un momento de sensiblería le habló de mi como una historia pasada hacía muchos años. Aquella noche, mientras le rogaba que se quedara acompañándolo en cuerpo y alma y entre mentira y mentira le mostró el boligrafo Montblanc confesándole que era un regalo para su hija menor. Un estímulo por haber decidido retomar sus estudios universitarios.
Al enterarme de esto entendí la escena del robo... Quiso quedar como rey conmigo por tan lindo regalo y... "reciclándolo", quiso quedar como rey con la hija.
Naturalmente que al enterarme de esto ya no lo sentí más mio. Quemé todo lo que había alcanzado a escribir con el y las cenizas las puse en una maceta donde crece una planta que acá se le llama "planta de la buena salud".
Una de mis amigas, indignada ante tanta sinvergüenzura, trató de persuadirme para que no se lo devolviera cuestionando mi salud mental: "¿Estas loca? ¡No se lo merece!” sentenció.
“Yo no podría escribir ni el nombre de él con ese lápiz”, le contesté mientras lo ponía nuevamente en su envase original.
Mi abuela materna me enseñó la diferencia entre “Nacer con una estrella” – como me decía que yo había nacido – y nacer “Estrellado”.
El día de mi cumpleaños número 49 me regalé un Meisterstück Classic, al cual le hice gravar mi nombre y con el que escribí en papel hecho a mano las últimas palabras que le dirigí a un “hombre a medias” como lo llamó su ex novia -“el camionero”, o al “gallina” , como lo llamó su amante ibicenca o al “livianito” como lo llamé yo un par de veces o sencillamente al hombre que él quería ser pero que a la hora de los “quihubos”, entendí que no existía.
Todo él es una gran mentira, una gran broma de mal gusto.
¿Qué le regala un padre a la hija que ha decidido retomar sus estudios universitarios y aspira a ser periodista cuando le entrega un lápiz tan "basureado"?
¿O soy yo el bicho raro que intenta darle un sentido a los regalos, a lo que se dice, a lo que se hace, a lo que se es?
A poco de haberlo enviado de vuelta, la futura periodista me contactó via MSN agradeciéndome emocionada la delicadeza de haberle hecho el "mejor regalo de su vida" Confundida le pregunté de qué regalo me hablaba ya que yo no le había enviado nada...
¿“Cómo, y el bolígrafo Montblanc que mi papá me dijo que tu me habías mandado”?
Le dije que se trataba de un error, le dije que yo no lo había hecho ese regalo...
Pobre! A pesar de que ninguna sombra cae sobre sobre su persona, muerta de verguenza – ajena y propia - se escondió en sus zapatos.
Nunca más supe de ella...
* Cita del prospecto de Monblanc.


1 comentario:
yo lo conosco y por eso subscribo lo que escribistes el es un desgraciado que se va a morir aasi
valiente tus cronicas para denunciarlo que uno qcomo ese se lo merece No vale la pena sufrir por el amiga
una que tambien le creia pero ya no porque hace ucho tiempo me di cuenta que es un enfremo de mentiroso y desleal.
un beso y felicidades
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