miércoles, abril 12, 2006

Los rostros de un "sinrostro"

*

o el

"cara de raja"

La primera vez que recuerdo haber oido el término "cara de raja" fue de la boca de un (des)conocido que aprovechando mi estadía en Chile, me invitó a pasar unos días a su "morada cordillerana"...

Así llamaba a su casa cuando la describía con líricos términos que terminaron siendo lisonjería monda y lironda.

“Crees que soy tan "cara de raja" que te invitaría acá si esta no fuera mi casa”? me dijo cuando cuestioné la veracidad de sus palabras.


Aunque me costaba creerlo actué como mi sentido común me lo dictó no sin sentirme algo incómoda frente a la posibilidad que existía de que yo fuera demasiado desconfiada...

***

Veníamos llegando de un paseo cuando al entrar a “su casa” me di cuenta – a pesar de su intento de ocultar lo ocurrido – que alguién había estado allí y a la vista estaba que ese alguien además de haberse molestado con la presencia de mis maletas, se sintió con derecho a ponerlas en la mismísima puerta de la cabaña que está ubicada a la orilla del rio Maipo en Melocotón.

Naturalmente que me largué de allí tan pronto pude a pesar de las protestas de mi anfitrión que aseguraba “a grito pelado” que la culpa de todo la tenía una "maricona celosa" – así me lo dijo a mi y así se lo dijo al hermano al cual llamó seguramente buscando el apoyo que yo le negaba – que no sabía asumir su rol de “vieja de capa caida”. Ella, según él, era una amante de antaño que no lograba conciliarse con la nueva situación.

Esa fue la primera vez que lo vi colérico.

Aquella mujer celosa resultó ser la dueña legítima de la casa que, arrendamiento o no de por medio, se la había facilitado con el compromiso de que él no llevara a sus amantes allí ya que para ella esa casa – construída por su padre ya ausente – era un santuario, amén de ser ella una de las amantes del catedrático. Pero eso no pude darlo por sabido hasta mucho después.

A mi sus argumentos no me parecieron convincentes y le hice saber que a mi juicio, o se trataba de una amante actual a la que en ese caso yo entendía perfectamente o bien de una relación muy mal llevada, pero que cualquiera que fuera la situación real yo no estaba dispuesta a inmiscuirme ya que no me parecía interesante compartir esos asuntos con él.

Se ofendió mucho porque no quise atender sus razones ni apoyarlo en su desventura - como él melodramaticamente lo expresó - quedándome en su casa a pesar de la gran cátedra de urbanidad que dictó con la vehemencia mal lograda de un actor por necesidad. Me habló de lo maleducados y malagradecidos que somos los europeos cuando regresamos a Chile y me aseguró que actitudes soberbias como la mía no hacen más que herir a la gente de buen corazón.

No ignoro del todo lo que él hizo con el dolor de sus heridas a partir de ese día, mientras según él trabajaba en el norte del país, pero yo, haciéndome la sueca, me dedique verdaderamente a afianzar mis principios mientras tomaba clases de "tangoNuevo" con un argentino bien parecido en El Cachafáz -una tangueria de Santiago. Esta última actividad mia, que le comenté una de las veces que me llamó por teléfono durante su ausencia, terminó por sacarlo completamente de sus casillas y de una vez y sin preámbulo alguno supe de las formas verbales que pueden adquirir las inseguridades de un fanfarrón. La última vez que me llamó durante esa ausencia fue la noche anterior al día en que habíamos quedado de volver a vernos. Según él me llamó para saber si yo estaba en El Cachafaz ya que quería invitarme a un trago. Como yo no estaba allí me dijo que lo dejaramos para otro momento. A mi me bastó "asomarme por la ventana" del hotel donde yo estaba hospedando - Eurotel en la calle Guardia Vieja a pocos metros de la tanguería para saber de que se trataba. ...

Al día siguiente y según habíamos acordado “antes de”, nos fuimos nuevamente de paseo ya que entre mis planes estaba hacer realidad la letra de un tango que he oido muchas veces:

"Vuelvo al Sur"

Pasó a buscarme a casa de mi hermano donde yo quise dejar mi equipaje en custodia segura para evitarme malos ratos y más pérdidas económicas puesto que al mismo tiempo que mis bártulos fueron trasladados en la casa de Melocotón, se traspasaron también parte de mis divisas sepa Moya a qué bolsillo.

Para gran sorpresa mia, venía malhumorado y con ganas de seguir dictando cátedras acerca del buen comportamiento de un buen huesped... No aceptó mi franco ofrecimiento de echar pie atrás ya que para mi no era agradable viajar de mala gana, argumentando que yo elegía una cómoda manera de sacarme las culpas de encima.

Mi experiencia me dice que hay que dejar que la gente se desahogue por lo que, desentendiéndome de él, encendí el autopiloto y mi MP3-player y entregándome a mi dulce imaginario entre "colgadas & volcadas" disfruté de "Mejor así", "Otra Luna", "Un paso más allá", "Qué onda"?, "Vi Luz y Subí" de Carlos Libedinsky y su Narcotango mientras el se desvivía por cumplir su reiterada promesa de "enseñarme lo más auténtico de Chilín el día que yo decidiera visitar esas latitudes" a fuerza de sermones y diatribas que competían en volumen con con el CD que él prefirió escuchar: "El ruido del tiempo" de Andreas Bodenhofer .

Después de un par de horas de viaje nos detuvimos a cenar y recién entonces logró relajarse algo y "perdonó mi feísima actitud"...

A partir de entonces el paisaje fue mucho más hermoso salvo algunos trechos cuyo perfíl de páramo - a pesar de la frondosidad que ofrecía ese mes de octubre - opté por olvidar.

Una vez de regreso me pidió que aceptara quedarme en su casa una última vez ya que sólo estaban faltando algunas horas para que yo me embarcara de regreso a Europa. Al abrir la puerta entendí de quién era la voz alteradísima que lo llamó a su celular una tarde en que visitábamos a una amiga suya en Puerto Montt y que naturalmente no correspondía - como él me había asegurado en el momento de la llamada - a una amiga gitana que hilaba collares que lo había llamado solicitando ayuda para deshalojar de su casa a un grupo de borrachines que se le habían instalado en el living de su casa después de un programa radial semanal que estos sostenían.

Esta vez la voz lo había puesto de “patitas en la calle” y ahora eran sus bártulos los que estaban arrumbados en un cuarto y el resto de la casa bajo siete llaves que el descerrajó a patadas olvidando la lírica del preámbulo y la cátedra de urbanidad.

Aunque para entonces yo ya sabía que este cincuentón también era un "cara de raja", no fue hasta casi medio año más tarde cuando - cómodamente instalada en el "Hotel de Las Letras" en Madrid, dediqué toda la noche de un domingo a leer su correo electrónico completamente decidida a concienciar la magnitud de su descaro.

No fue dificil. Su correo electrónico es un documento muy completo acerca de la deshonra y el desacato.


La última vez que recuerdo haber oido el término "cara de raja" fue de la boca de unos de sus amigos, pocos días antes de llegar a Madrid.

"Ve a la habitación; si está durmiendo es un "cara de raja" sin vuelta" me dijo después de que habíamos estado comentando la última muestra de urbanidad del descortés valentón mientras desayunábamos en un hotel en las afueras de Malaga.


"Zzzzzzzzzzzzzzzzz..."

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