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Yo soy una asidua clienta de las tiendas de segunda mano especialmente una cuyas ganancias financian las actividades sociales del Ejército de Salvación.
Una parte de la clientela de esta última es gente a la que se le nota a la legua la pobreza. Otra parte de la clientela son los muchos jóvenes que al no contar con los medios necesarios para lucir una moda exclusiva, se dirigen allí con el propósito de no “andar a la moda”. También van allí jóvenes y adultos que perfilándose social y políticamente manifiestan de esa manera su rechazo al consumismo. Y también estamos las viejas cuicas que compramos allí un poco por coquetear con la pobreza y otro por alcanzar un cierto grado de originalidad sin tener que pagar precios de fantasía.
Hasta ahora mi mejor inversión es sin duda una intachable cómoda escritorio, hecha en madera de abedul a principios de 1800 con tapa cilíndrica y tres cajones; muy similar a la del “lote 1191” que adquirí por 60 €.
La peor es la que no he hecho (aún...)
Se podría decir que yo siento una gran predilección por las cosas “(bien) usadas” y por esa razón, a la hora de adquirir, me esfuerzo en encontrar cosas – usadas o no – que sean completamente a mi gusto.
Una parte de la clientela de esta última es gente a la que se le nota a la legua la pobreza. Otra parte de la clientela son los muchos jóvenes que al no contar con los medios necesarios para lucir una moda exclusiva, se dirigen allí con el propósito de no “andar a la moda”. También van allí jóvenes y adultos que perfilándose social y políticamente manifiestan de esa manera su rechazo al consumismo. Y también estamos las viejas cuicas que compramos allí un poco por coquetear con la pobreza y otro por alcanzar un cierto grado de originalidad sin tener que pagar precios de fantasía.
Hasta ahora mi mejor inversión es sin duda una intachable cómoda escritorio, hecha en madera de abedul a principios de 1800 con tapa cilíndrica y tres cajones; muy similar a la del “lote 1191” que adquirí por 60 €.
La peor es la que no he hecho (aún...)
Se podría decir que yo siento una gran predilección por las cosas “(bien) usadas” y por esa razón, a la hora de adquirir, me esfuerzo en encontrar cosas – usadas o no – que sean completamente a mi gusto.
Disfruto con mi innata necesidad de rodearme de objetos que satisfagan mi sentido estético que a la vez está íntimamente ligado con el potencial de utilidad que ellos ofrecen. En la medida de lo posible trato de conocer el origen, la historia de aquellos objetos que han tenido una vida antes de ser mios. Pero en definitiva, siempre es mi gusto y mi sensación de agrado lo que da el visto bueno a mis adquisiciones.
Por tanto... poca y nada razón tenía el chanta urbano - que tan fácilmente pierde su urbanidad - cuando me dijo que “me ubicara en la realidad chilena” al protestarle porque me estaba regalando un collar usado.
Por tanto... poca y nada razón tenía el chanta urbano - que tan fácilmente pierde su urbanidad - cuando me dijo que “me ubicara en la realidad chilena” al protestarle porque me estaba regalando un collar usado.
El que fuera usado, cosa que él negaba con la categórica porfía del sinrazón, a mi no me importaba... pero mi sensibilidad me advertía que se trataba de un objeto muy mal_usado.
Que tenía uso estaba a la vista y él – salíendosele un tiro por la culata – lo demostró cuando le dió un tirón al collar con el cual él pretendía evidenciar mi error y las perlas de colores rodaron por el suelo... Algunas - muertas de verguenza - se escondieron en mis zapatos.
EL PERLA CON SUS PERLAS
EL PERLA CON SUS PERLAS
Me deshice del collar o de sus restos tirándolo en un papelero en el aeropuerto de Santiago sin saber que algún día me arrepentiría.
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Me hubiese gustado poder devolvérselo a su verdadera dueña, la gitana. Ella era una de las con quien el chanta se engañaba engañándome.
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Según supe mucho más tarde, ella lo había hilado para si y fue persuadida a vendérselo con el insistente argumento de que se lo regalaría a su primogénita.
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Como entre gitanos no nos vemos la suerte, no me quedó otra que contarle el verdadero destino de su collar el día que ella supo que yo era una de las con las cuales el chanta la engañaba engañándose.
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Ignoro si la hija que se suponía sería la receptora del obsequio - una hermosa muchacha que ambas conocíamos y que yo poco antes había visto llorar lágrimas amargas en el restaurant El Parrón, estaba o no en concomitancia con el padre.
Cualquiera de las dos alternativas me parecen igualmente trágicas para su alma y contraproducentes para su colon irritable.
Pero no viene al caso hilar más fino...
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