miércoles, abril 26, 2006

El bolígrafo esquivo...

* “Cuando un artículo de Montblanc es tocado por primera vez por su dueño, ya tiene mucho que contar…

Cada producto representa una pieza maestra que revela la pasion y pericia de los maestros artesanos de Montblanc, los cuales otorgan a cada producto además de su belleza funcional, algo muy especial – un alma.

El símbolo de esta singularidad es la estrella blanca de Montblanc. En referencia a la cumbre de la montaña más alta de Europa, la estrella blanca representa las elevadas exigencias de la marca, pero al mismo tiempo un estilo de vida y una cultura excepcionales, encarnando valores eternos en un mundo en permanente cambio. Valores como la continuidad, la tradición, la intemporalidad. Saber tomarse tiempo para lo que cuenta de verdad: pensamientos y sentimientos, belleza y cultura. Tiempo para si mismo y para los demás – y para los momentos realmente importantes de la vida


Como no recuerdo cuándo exactamente me empezaron a gustar los lápices, digo me han gustado desde que tengo uso de razón. Me gusta sentirme dueña de mis lápices así como de mis palabras – las escritas y las dictadas.

A pesar de lo práctico que es escribir en un documento Word, como lo estoy haciendo en este momento, soy de las que aún envía cartas de puño y letra. Disfruto enormemente escribiendo... el movimiento de la mano, el ruido del boligrafo sobre el papel, sobre todo de ese echo a mano...
Siempre llevo varios lápices conmigo y también siempre ando echándole el ojo a las vitrinas por si veo alguno novedoso para adquirir... En los bancos u otras oficinas siempre pido que me regalen algunos ejemplares a pesar de lo poco que me gustan los logotipos y los que encuentro en las habitaciones de los hoteles en que hospedo los pongo en mi cartera sin preguntárle nada a nadie y argumentando para mi misma que estan allí para que los huéspedes nos los llevemos para propagar la existencia de tal.

¡Deberían pagarnos por portarlos!



Fue durante una de nuestras muchas sesiones de chat despues del primer encuentro “IRL” en octubre de 2005, que le hablé de mi afición por los lápices. La respuesta no se hizo esperar: “Tengo varios Montblanc”, dijo y se explayó en el más preciado de todos; el que había sido de Mani - su padre - y cuyo cuidado había confiado a su amiga “Bea”, como él la llamaba a veces. Me imagino que se llama Beata como Beata Söderberg, también ella concertista - aunque de chelo.

“Si quieres te regalaré un Montblanc en homenaje a tu calidad de escritora”... agregó.

El 7 de diciembre de 2005 me entregó solemnemente mi primer bolígrafo
Montblanc, el editado en homenaje a W.A. Mozart, en su casa de ambiente único ubicada en El Manzano, donde se tuvo que mudar repentinamente por causa de un bochornoso desalojo.


Al presentarme su nueva morada me comentó que la dueña, una actriz en retiro, la describía como un decorado escénico por su calidad de temporalidad. La construcción - de aspecto magnífico - es el resultado de los juegos o mejor dicho, de los vicios de un caprichoso arquitecto que no supo poner su alma en el bosquejo de la casa que se alza en medio de un bosque de alm...endros.

Sentí una gran alegría cuando toqué el bolígrafo por primera vez mientras él me explicaba que la estrella blanca era señal de que el lápiz es un auténtico Montblanc y que cada ejemplar tiene un número único de registro grabado en el clip...

Yo decidí darle un muy buen uso escribiendo honestamente.

* “Escribir es una exteriorización de la individualidad. La propia caligrafía registra nuestros pensamientos, a través de los cuales ejercemos influencia, cosechamos éxitos y expresamos sentimientos...”

Tres días más tarde viajamos a Valdivia donde el elector cumpliría con su deber ciudadano. Durante el viaje e inspirado por el momento político que se vivía en esos instantes se dedicó a despotricar contra Gladys Marín y a darme a conocer una vez más sus sueños y convencimiento de que llegará a ser presidente de Chile. Para entonces, mi lápiz quedó en su caja original dentro de mi bolso de viaje en el segundo piso del escenario en que se representaría una de las escenas de la vida real más grotescas y sin sentido que me ha tocado vivir.

*

Un mes y medio antes – creo que fue el 18 de octubre – habíamos dejamos su arruinada morada cordillerana en Melocotón, temprano por la mañana. A la altura de El Manzano hicimos un pequeño desvio donde el chanta trató de ubicar la que sería su próxima casa. Se que me hablaba de ella y hacía planes en voz alta, pero yo ya no estaba allí...

Pasamos a un supermercado, seguramente un Jumbo, donde se molestó enormemente porque no le permití pagar los vinos que me quise llevar para regalar a algunas personas queridas. Al llegar al aeropuerto la molesta era yo por lo que me despedí de mala gana en la vereda de la entrada principal con una rotunda negativa a su oferta de volver, para despedirnos “como Dios manda”, después de estacionar la camioneta.

Al entrar al aeropuerto busqué un papelero y tiré los restos de un collar de perlas de vivos colores que poco antes me había ayudado a matizar la imagen que tenía de él.

Los engorrosos trámites de embarcación lograron distraérme pudiendo así yo recuperar mi paz interior. Una vez en mi asiento y durante las casi 24 horas que duró el viaje, pasé revista a los dos meses que había estado en Chile; el país en que nací, el país del cual me alejé hace mucho y al cual intento acercarme con mis cinco sentidos.

Despues de algunos caóticos días me di tiempo de revisar mi correo y encontré algunos mails y mensajes instantáneos que atestiguaban preocupación por mi y dolor por lo que él llamaba mi abandono. Uno de los mensajes me hablaba de “un gran regalo que no hubo tiempo de entregar ya que no hubo despedida”. En otro me reiteraba su firme deseo de serme fiel a pesar del mal trato que yo le daba y otro que recuerdo claramente era una queja por haberlo utilizado como “vulgar medio de transporte en circuntancias de que hubiese sido más honesto de mi parte haber tomado un taxi hasta el aeropuerto”.

Debo reconocer que en ocaciones como la recién descrita dudaba a veces de mi capacidad de discernir... Honestidad, moral, decencia, son términos muy recurridos en su vocabulario, pero a mi me parecía que estaban ausentes en su actuar.

También me comentaba de su cansancio a raíz del cambio de casa. “Me ayudó un camionero con el que me topé en el camino de vuelta del aeropuerto”...

Mi respuesta fue un mail donde le aseguraba que yo lamentaba haberlo hecho sentirse como un vulgar taxista, pero que sinceramente a mi me afligía más el hecho que él me hiciera regalos de dudoso origen y que - entre otras cosas - comentara a su amante ibicenca como una “pobre mujercita que mendiga afecto”.

Naturalmente que él negaba que fuera su amante...

Fue en Barcelona, el día que llegamos de Ibiza y sentados La Ramla que juró “por la Olga”, su madre, que él sentía que yo era su mujer, que ya no habrían otras en su vida, que nunca había amado tanto como me amaba a mi y mirándome profundamente a los ojos dijo: "Jamás te haré una "mariconada". Esa fue la primera vez que me hicieron una promesa de ese tipo. Nunca - ninguno de mis maridos, amantes o amigos me prometieron no hacerme "mariconadas". Tampoco - antes de conocerlo a él - nadie me las había hecho.
Yo lo observaba observándome y por primera vez en mi vida sentí temor de que alguna de mis parejas anteriores me estuviera observando al más puro estilo "Doña flor y sus dos maridos".


Siguió orando y al cabo de un rato lo vi - por vez, pero no última vez - simular arcadas. “Me da un asco horrible recordar a algunas mujeres de mi vida” me dijo cuando europeamente malagradecida y maleducada como soy, no supe apreciar su cacareo y le pregunté a que se debía “tanto teatro”.

Miré hacia el mercado y vi como unos hombres – entre las sombras barcelonesas – tiraban de unos carrosjaulas llenos de gallinas que serían sacrificadas a la mañana siguiente. En el silencio de la noche me pareció oir su resignación...

*


También reinaba el silencio en la parcela almendrada la noche que volvimos de Valdivia. Como no encontró las llaves que los trabajadores que estaban tratando de hacer habitable aquel escenario a medio montar habían quedado de dejar en una maceta, entró - como lo hace el delincuente - por una ventana mientras yo bajaba nuestras cosas de la camioneta. Finalmente abrió la puerta de la terraza por donde entramos los bártulos y yo.

A primera vista no faltaba nada, pero una sentí un agudo dolor en la boca del estómago - angustia le llaman algunos - cuando entendí que la puerta abierta del balcón en el segundo piso acusaba que alguién había estado allí.


Me quise duchar.

Los trabajadores no tan sólo habían olvidado dejar la llave sino que también habían fracasado una vez más en su intento de instalar un estanque de agua lo que implicaba que el hilo de agua que corría por el caño no bastaba para hacer funcionar el calentador de agua. A mi no me importó mucho ya que a esas alturas me estaba acostumbrando a las "duchas de agua fria"...

Mientras lo hacía él abrió mi bolso de viaje de donde sacó la caja del bolígrafo que “naturalmente” estaba vacía.

Con las manos en los bolsillos, esa clásica postura de él que aprendí a interpretar a pesar de mi resistencia, se paseaba por el cuarto mientras elucubraba en voz alta... “¿Habrán sido los trabajadores? la empresa de él - refiriéndose a un gordito con cara de ineficiente que hacía las veces de jefe de obra - acaba de quebrar así que debe andar escaso de dinero. ¿O habrá sido la pareja de jóvenes que vive en la casa vecina? Ellos son hippies.... no sería nada de raro. O el hijo de la señora que vivía acá antes... Ella se fue sin pagar el arriendo... Estas segura que no lo llevaste, que no lo tienes en tu cartera?”

"¡Puta que increible!" repetía sin cesar de la misma manera lo hizo la noche en que Bea, trizada por la traición del chanta lo puso de patitas en la calle.

Esa noche me dormí pensando en lo que significa la palabra dignidad.

A la mañana siguiente al tomar mi ropa rodaron por el suelo mis Love-Rings - un mejor regalo que nunca tuve que devolver - yendo uno de ellos a dar debajo de la cama que por ser de esas a ras del suelo – tuve que correr para recuperarlo. Levanté el anillo y el bolígrafo esquivo que se había "escondido" allí misteriosamente. El mismo hombre que me había asegurado y que siguió asegurando que nunca haría nada que arriesgara nuestra relación declaraba que se trataba de un “intento de robo”.

Hice un gran esfuerzo para tragármela ...


Mientras él trataba de convencerse de sus propias palabras yo me imaginaba al ladrón de pié en ese cuarto mirando el lápiz, tan embelesado como embelesada quedé yo al recibirlo, y que el gran susto que debe haber sentido al oirnos llegar la noche anterior lo llevó a actuar tan irracionalmente como fue haber metido al bolso la caja vacía y haber “escondido” el bolígrafo debajo de la cama antes de salir volando por la puerta del balcón...

Fue el “camionero” que lo ayudó a mudarse el que meses después me contó que en un momento de sensiblería le habló de mi como una historia pasada hacía muchos años. Aquella noche, mientras le rogaba que se quedara acompañándolo en cuerpo y alma y entre mentira y mentira le mostró el boligrafo Montblanc confesándole que era un regalo para su hija menor. Un estímulo por haber decidido retomar sus estudios universitarios.

Al enterarme de esto entendí la escena del robo... Quiso quedar como rey conmigo por tan lindo regalo y... "reciclándolo", quiso quedar como rey con la hija.

Naturalmente que al enterarme de esto ya no lo sentí más mio. Quemé todo lo que había alcanzado a escribir con el y las cenizas las puse en una maceta donde crece una planta que acá se le llama "planta de la buena salud".

Una de mis amigas, indignada ante tanta sinvergüenzura, trató de persuadirme para que no se lo devolviera cuestionando mi salud mental: "¿Estas loca? ¡No se lo merece!” sentenció.

“Yo no podría escribir ni el nombre de él con ese lápiz”, le contesté mientras lo ponía nuevamente en su envase original.

Mi abuela materna me enseñó la diferencia entre “Nacer con una estrella” – como me decía que yo había nacido – y nacer “Estrellado”.




El día de mi cumpleaños número 49 me regalé un Meisterstück Classic, al cual le hice gravar mi nombre y con el que escribí en papel hecho a mano las últimas palabras que le dirigí a un “hombre a medias” como lo llamó su ex novia -“el camionero”, o al “gallina” , como lo llamó su amante ibicenca o al “livianito” como lo llamé yo un par de veces o sencillamente al hombre que él quería ser pero que a la hora de los “quihubos”, entendí que no existía.

Todo él es una gran mentira, una gran broma de mal gusto.

¿Qué le regala un padre a la hija que ha decidido retomar sus estudios universitarios y aspira a ser periodista cuando le entrega un lápiz tan "basureado"?

¿O soy yo el bicho raro que intenta darle un sentido a los regalos, a lo que se dice, a lo que se hace, a lo que se es?

A poco de haberlo enviado de vuelta, la futura periodista me contactó via MSN agradeciéndome emocionada la delicadeza de haberle hecho el "mejor regalo de su vida" Confundida le pregunté de qué regalo me hablaba ya que yo no le había enviado nada...

¿“Cómo, y el bolígrafo Montblanc que mi papá me dijo que tu me habías mandado”?

Le dije que se trataba de un error, le dije que yo no lo había hecho ese regalo...


Pobre! A pesar de que ninguna sombra cae sobre sobre su persona, muerta de verguenza – ajena y propia - se escondió en sus zapatos.

Nunca más supe de ella...


* Cita del prospecto de Monblanc.

miércoles, abril 19, 2006

Uso - mal uso - abuso

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Yo soy una asidua clienta de las tiendas de segunda mano especialmente una cuyas ganancias financian las actividades sociales del Ejército de Salvación.

Una parte de la clientela de esta última es gente a la que se le nota a la legua la pobreza. Otra parte de la clientela son los muchos jóvenes que al no contar con los medios necesarios para lucir una moda exclusiva, se dirigen allí con el propósito de no “andar a la moda”. También van allí jóvenes y adultos que perfilándose social y políticamente manifiestan de esa manera su rechazo al consumismo. Y también estamos las viejas cuicas que compramos allí un poco por coquetear con la pobreza y otro por alcanzar un cierto grado de originalidad sin tener que pagar precios de fantasía.

Hasta ahora mi mejor inversión es sin duda una intachable cómoda escritorio, hecha en madera de abedul a principios de 1800 con tapa cilíndrica y tres cajones; muy similar a la del
“lote 1191” que adquirí por 60 €.

La peor es la que no he hecho (aún...)

Se podría decir que yo siento una gran predilección por las cosas “(bien) usadas” y por esa razón, a la hora de adquirir, me esfuerzo en encontrar cosas – usadas o no – que sean completamente a mi gusto.
Disfruto con mi innata necesidad de rodearme de objetos que satisfagan mi sentido estético que a la vez está íntimamente ligado con el potencial de utilidad que ellos ofrecen. En la medida de lo posible trato de conocer el origen, la historia de aquellos objetos que han tenido una vida antes de ser mios. Pero en definitiva, siempre es mi gusto y mi sensación de agrado lo que da el visto bueno a mis adquisiciones.

Por tanto... poca y nada razón tenía el chanta urbano - que tan fácilmente pierde su urbanidad - cuando me dijo que “me ubicara en la realidad chilena” al protestarle porque me estaba regalando un collar usado.
El que fuera usado, cosa que él negaba con la categórica porfía del sinrazón, a mi no me importaba... pero mi sensibilidad me advertía que se trataba de un objeto muy mal_usado.
Que tenía uso estaba a la vista y él – salíendosele un tiro por la culata – lo demostró cuando le dió un tirón al collar con el cual él pretendía evidenciar mi error y las perlas de colores rodaron por el suelo... Algunas - muertas de verguenza - se escondieron en mis zapatos.


EL PERLA CON SUS PERLAS

Me deshice del collar o de sus restos tirándolo en un papelero en el aeropuerto de Santiago sin saber que algún día me arrepentiría.
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Me hubiese gustado poder devolvérselo a su verdadera dueña, la gitana. Ella era una de las con quien el chanta se engañaba engañándome.
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Según supe mucho más tarde, ella lo había hilado para si y fue persuadida a vendérselo con el insistente argumento de que se lo regalaría a su primogénita.
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Como entre gitanos no nos vemos la suerte, no me quedó otra que contarle el verdadero destino de su collar el día que ella supo que yo era una de las con las cuales el chanta la engañaba engañándose.
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Ignoro si la hija que se suponía sería la receptora del obsequio - una hermosa muchacha que ambas conocíamos y que yo poco antes había visto llorar lágrimas amargas en el restaurant El Parrón, estaba o no en concomitancia con el padre.
Cualquiera de las dos alternativas me parecen igualmente trágicas para su alma y contraproducentes para su colon irritable.

Pero no viene al caso hilar más fino...
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miércoles, abril 12, 2006

Los rostros de un "sinrostro"

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o el

"cara de raja"

La primera vez que recuerdo haber oido el término "cara de raja" fue de la boca de un (des)conocido que aprovechando mi estadía en Chile, me invitó a pasar unos días a su "morada cordillerana"...

Así llamaba a su casa cuando la describía con líricos términos que terminaron siendo lisonjería monda y lironda.

“Crees que soy tan "cara de raja" que te invitaría acá si esta no fuera mi casa”? me dijo cuando cuestioné la veracidad de sus palabras.


Aunque me costaba creerlo actué como mi sentido común me lo dictó no sin sentirme algo incómoda frente a la posibilidad que existía de que yo fuera demasiado desconfiada...

***

Veníamos llegando de un paseo cuando al entrar a “su casa” me di cuenta – a pesar de su intento de ocultar lo ocurrido – que alguién había estado allí y a la vista estaba que ese alguien además de haberse molestado con la presencia de mis maletas, se sintió con derecho a ponerlas en la mismísima puerta de la cabaña que está ubicada a la orilla del rio Maipo en Melocotón.

Naturalmente que me largué de allí tan pronto pude a pesar de las protestas de mi anfitrión que aseguraba “a grito pelado” que la culpa de todo la tenía una "maricona celosa" – así me lo dijo a mi y así se lo dijo al hermano al cual llamó seguramente buscando el apoyo que yo le negaba – que no sabía asumir su rol de “vieja de capa caida”. Ella, según él, era una amante de antaño que no lograba conciliarse con la nueva situación.

Esa fue la primera vez que lo vi colérico.

Aquella mujer celosa resultó ser la dueña legítima de la casa que, arrendamiento o no de por medio, se la había facilitado con el compromiso de que él no llevara a sus amantes allí ya que para ella esa casa – construída por su padre ya ausente – era un santuario, amén de ser ella una de las amantes del catedrático. Pero eso no pude darlo por sabido hasta mucho después.

A mi sus argumentos no me parecieron convincentes y le hice saber que a mi juicio, o se trataba de una amante actual a la que en ese caso yo entendía perfectamente o bien de una relación muy mal llevada, pero que cualquiera que fuera la situación real yo no estaba dispuesta a inmiscuirme ya que no me parecía interesante compartir esos asuntos con él.

Se ofendió mucho porque no quise atender sus razones ni apoyarlo en su desventura - como él melodramaticamente lo expresó - quedándome en su casa a pesar de la gran cátedra de urbanidad que dictó con la vehemencia mal lograda de un actor por necesidad. Me habló de lo maleducados y malagradecidos que somos los europeos cuando regresamos a Chile y me aseguró que actitudes soberbias como la mía no hacen más que herir a la gente de buen corazón.

No ignoro del todo lo que él hizo con el dolor de sus heridas a partir de ese día, mientras según él trabajaba en el norte del país, pero yo, haciéndome la sueca, me dedique verdaderamente a afianzar mis principios mientras tomaba clases de "tangoNuevo" con un argentino bien parecido en El Cachafáz -una tangueria de Santiago. Esta última actividad mia, que le comenté una de las veces que me llamó por teléfono durante su ausencia, terminó por sacarlo completamente de sus casillas y de una vez y sin preámbulo alguno supe de las formas verbales que pueden adquirir las inseguridades de un fanfarrón. La última vez que me llamó durante esa ausencia fue la noche anterior al día en que habíamos quedado de volver a vernos. Según él me llamó para saber si yo estaba en El Cachafaz ya que quería invitarme a un trago. Como yo no estaba allí me dijo que lo dejaramos para otro momento. A mi me bastó "asomarme por la ventana" del hotel donde yo estaba hospedando - Eurotel en la calle Guardia Vieja a pocos metros de la tanguería para saber de que se trataba. ...

Al día siguiente y según habíamos acordado “antes de”, nos fuimos nuevamente de paseo ya que entre mis planes estaba hacer realidad la letra de un tango que he oido muchas veces:

"Vuelvo al Sur"

Pasó a buscarme a casa de mi hermano donde yo quise dejar mi equipaje en custodia segura para evitarme malos ratos y más pérdidas económicas puesto que al mismo tiempo que mis bártulos fueron trasladados en la casa de Melocotón, se traspasaron también parte de mis divisas sepa Moya a qué bolsillo.

Para gran sorpresa mia, venía malhumorado y con ganas de seguir dictando cátedras acerca del buen comportamiento de un buen huesped... No aceptó mi franco ofrecimiento de echar pie atrás ya que para mi no era agradable viajar de mala gana, argumentando que yo elegía una cómoda manera de sacarme las culpas de encima.

Mi experiencia me dice que hay que dejar que la gente se desahogue por lo que, desentendiéndome de él, encendí el autopiloto y mi MP3-player y entregándome a mi dulce imaginario entre "colgadas & volcadas" disfruté de "Mejor así", "Otra Luna", "Un paso más allá", "Qué onda"?, "Vi Luz y Subí" de Carlos Libedinsky y su Narcotango mientras el se desvivía por cumplir su reiterada promesa de "enseñarme lo más auténtico de Chilín el día que yo decidiera visitar esas latitudes" a fuerza de sermones y diatribas que competían en volumen con con el CD que él prefirió escuchar: "El ruido del tiempo" de Andreas Bodenhofer .

Después de un par de horas de viaje nos detuvimos a cenar y recién entonces logró relajarse algo y "perdonó mi feísima actitud"...

A partir de entonces el paisaje fue mucho más hermoso salvo algunos trechos cuyo perfíl de páramo - a pesar de la frondosidad que ofrecía ese mes de octubre - opté por olvidar.

Una vez de regreso me pidió que aceptara quedarme en su casa una última vez ya que sólo estaban faltando algunas horas para que yo me embarcara de regreso a Europa. Al abrir la puerta entendí de quién era la voz alteradísima que lo llamó a su celular una tarde en que visitábamos a una amiga suya en Puerto Montt y que naturalmente no correspondía - como él me había asegurado en el momento de la llamada - a una amiga gitana que hilaba collares que lo había llamado solicitando ayuda para deshalojar de su casa a un grupo de borrachines que se le habían instalado en el living de su casa después de un programa radial semanal que estos sostenían.

Esta vez la voz lo había puesto de “patitas en la calle” y ahora eran sus bártulos los que estaban arrumbados en un cuarto y el resto de la casa bajo siete llaves que el descerrajó a patadas olvidando la lírica del preámbulo y la cátedra de urbanidad.

Aunque para entonces yo ya sabía que este cincuentón también era un "cara de raja", no fue hasta casi medio año más tarde cuando - cómodamente instalada en el "Hotel de Las Letras" en Madrid, dediqué toda la noche de un domingo a leer su correo electrónico completamente decidida a concienciar la magnitud de su descaro.

No fue dificil. Su correo electrónico es un documento muy completo acerca de la deshonra y el desacato.


La última vez que recuerdo haber oido el término "cara de raja" fue de la boca de unos de sus amigos, pocos días antes de llegar a Madrid.

"Ve a la habitación; si está durmiendo es un "cara de raja" sin vuelta" me dijo después de que habíamos estado comentando la última muestra de urbanidad del descortés valentón mientras desayunábamos en un hotel en las afueras de Malaga.


"Zzzzzzzzzzzzzzzzz..."

sábado, abril 01, 2006

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Cronista
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A partir de hoy me declaro Cronista. La idea es publicar en este espacio las crónicas que he ido escribiendo a partir de que un embustero crónico se me cruzó en el camino hace ya algunos años atrás.

Desde muy niña – creo que desde que tenía unos seis años – me han fascinado los embusteros. Mi fascinación por ellos no es negativa ya que no me contagian. Más bién me ayuda a reafirmar mi idea de que “con mentiras no se llega a ninguna parte”. Al menos no de cuerpo y alma ya que los embusteros suelen esconder su alma tanto y tan bien que ligerito se les pierde para siempre.


Por esa razón yo los considero des_almados.
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Este es el rostro de uno de esos...

Dudo que sepa dónde está su alma sin rostro.

Dudo también que sepa que la extravió.

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En términos generales, estas crónicas serán un reflejo fiel de lo vivido ya que lo que pretendo con ella es contar un capítulo de mi vida que – como muchos otros, pero no todos – elegí vivir conscientemente y hasta las últimas consecuencias.

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